La vida del hombre-caracola. XIX

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Siempre que salgo de casa busco el lugar más elevado, también trato de rodearme de naturaleza, aunque muchas veces me he de conformar con un parque, con un jardín, con unos setos o con una triste brizna de hierba. Amo a la Tierra y a su naturaleza, no lo puedo evitar, la escucho y me preocupa su llanto, está dolida pero estoy seguro que se le pasará. El amor reinará en el corazón del hombre y éste despertará, ya es tiempo para soñar y desear el cambio. Hoy he subido con Emi a Montjuïc, sé que el Tibidabo queda más alto pero hoy ha hecho demasiada calor en la bella ciudad condal, me he sentido por momentos sofocado, suerte que no faltaron las fuentes. He podido refrescarme e hidratarme en una de ellas, mientras una pareja de jóvenes y un grupo de japoneses me ametrallaban con sus cámaras y sus móviles. No lo pudieron evitar y yo me he de acostumbrar a ser especial, aunque, por muy diferente que sea, soy uno más, tenga una concha como cráneo, sienta, a través de la piel, lo que sienten los demás o habite en otra realidad. En Almoster se vive muy diferente a cualquier ciudad, no hay ni un solo semáforo y está rodeado de campo, en otoño cojo setas, en marzo los espárragos… En el pueblo donde ahora resido nací como nuevo ser, allí existen las montañas pero no las prisas, todos nos saludamos, es costumbre y nadie lo ve extraño. Y lo mejor de todo, en la noche reina el silencio absoluto, donde habitan todos mis enigmas, allí siento la paz entre el latir de mi corazón, cuando dejo de escuchar el rumor de las olas del mar, cuando no se logra oír ni el sonido que emite un chanquete ni el de una cría de mejillón.

La vida del hombre-caracola. XVIII

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Mi familia riega las flores de mi morada, ellos siempre han velado por mi bienestar y por mi salud, bastantes problemas les causé en mi juventud, por entonces, tuvieron la oportunidad de demostrar lo mucho que me querían. Me ayudaron a soportar mis tormentas, las sufrieron junto a mí y eso me sirvió de mucho, no sería nadie sin ellos. La vida pasa, todo ser vivo lo aprecia en su piel, las personas, los gatos, la mosca de la tele, todas las palomas de Almoster…Cada uno lleva, con más o menos dignidad, el paso de la vida, a unos les aterrorizan sus arrugas y para otros, los surcos en la piel son medallas y las muestran con orgullo, como debería ser, creo yo. Sé por descontado que a mi cuerpo le llegará un día su final, y si os cuento la verdad, tengo curiosidad por lo que pueda pasar ese día, aunque lo puedo imaginar, para eso cultivo la imaginación y la creatividad, así es como resuelvo todos mis enigmas. El amor es el peor enemigo del miedo y desde que no soy del todo humano, vivo tranquilo, sin inquietudes, dejé de morderme las uñas…, ahora bailo un tango o un bolero cuando pienso en el final de mis días, no lo puedo evitar, es mejor así. Mientras tanto, las agujas de mi reloj siguen sin marcar la hora, hace poco les han visto bailando y besándose en la fiesta del orgullo gay, me alegro mucho por ellas, el amor no entiende de fronteras.