La vida del hombre-caracola. XXVI

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El día que nací, como nuevo ser, planté con Emi un esqueje de ficus en una maceta de nuestra casa-taller, lo riego y lo cuido con cariño, y aunque no lo hago por interés, algún día nos dará sombra y servirá de refugio a cualquier ave de Almoster que lo desee. La naturaleza siempre ha sido generosa, si plantas una semilla en la tierra, se multiplica por cien, y sin pedir nada a cambio se encarga de calmar, entre muchas otras cosas, nuestra hambre y nuestra sed. Me siento muy orgulloso de la Tierra, ella es la madre de cualquier ser que habite en su piel, a todos nos dio la vida, nos vio crecer y nos arropará con su manto el día de nuestro último atardecer. A mi querido planeta azul, algún día el hombre moderno le estará agradecido, en su honor formará una gran hoguera en la playa y allí quemará su miedo, su odio, su ambición y su dinero. Cuando en el corazón del hombre reine el amor, todos cantaremos y danzaremos cogidos de las manos, alrededor del fuego, sin ningún rencor…, al fin y al cabo todos estamos creados con el mismo patrón. Creo que el pensamiento, es lo único que separa y divide a la humanidad, nos enseñan a pensar, y como podemos apreciar, lo hacemos de diferente manera, creo que deberíamos darle más importancia al sentimiento que al pensamiento, eso lo aprendí en el silencio. Yo creo que todos sentimos lo mismo, eso nos une más de lo que podáis imaginar, nos alegramos, nos enamoramos y sufrimos por igual. Entre las cenizas de un budista, las de un cristiano o en las de un musulmán, muy pocas diferencias se encontrarán. El tiempo sigue pasando para todos los que creen él, los demás volamos libres, lejos del tic-tac de los relojes y los calendarios. Sé que siempre he sido, soy y seré el mismo, por lo que habita dentro de mi piel nunca han pasado cuarenta y seis años, ni veinte, ni diez…, ni tan siquiera un mes.