La vida del hombre-caracola. XXXV

Salto hc-

La vida continúa. Miles de estrellas morirán esta noche, para que los más soñadores puedan solicitar sus deseos, se cumplan o no. Trato de deshacerme de mi cuerpo para volver a volar más allá del universo, le estoy cogiendo el gusto a eso pero por mucho que me empeño, hoy no logro escapar de mi piel ni de mis huesos, no consigo olvidarme de mis pensamientos. Sé que es inútil pero igualmente, intento emprender el vuelo y salto con todas mis fuerzas hacia el cielo, sin ningún acierto. Hoy no puedo separarme de la Tierra, ni un solo metro por encima del suelo. Bien sé que la fuerza de la gravedad tiene algo que ver con eso, es pura física y además, uno tiene un considerable peso, aunque me gusta pensar que mi planeta nos quiere tanto…, que hace todo lo posible para que no le abandonemos. A no ser que inviertas millones de euros en un cohete espacial y no te importe quemar una cantidad desorbitante de hidrazina o queroseno, nuestro enigmático planeta nos quiere bien cerca, a ras de suelo. Mientras trato de emprender con gran torpeza el largo viaje, Siria sigue gritando de dolor y lo peor es que nadie le escucha. Siete años de guerra son demasiados, más de ciento noventa mil muertos, más del veinte por ciento eran niños, es escalofriante y terrorífico, no puedo olvidarlo, no encuentro la calma para aventurarme a solas por el firmamento. Necesito irme muy lejos pero el sonido de los misiles y el llanto de los niños me impiden escuchar mi silencio. Quiero creer que el mundo puede cambiar, sé que existe un botón para hacer desaparecer, en cualquier  instante, a toda la humanidad pero también hay otro que puede cambiar el mundo a mejor. Sigo pensando que el amor es la única solución, ¡¡¡ese es el botón que hay que pulsar!!! y está al alcance de todos, cada persona tiene uno a su disposición. Regreso a casa, abro la puerta, subo las escaleras, juego un rato con Chancho y Frida y entro con sigilo a la habitación. Beso a la musa dormida, me introduzco en la nave de mis sueños, desconecto mi ordenador más personal y vuelvo, sin el permiso de nadie, al fascinante mundo de los sueños.

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