La vida del Hombre-Caracola. LXIII

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Mi vida es vino tinto entre las manos, el humo de la quema de los rastrojos, el globo que huye por encima de los tejados… Soy consciente que lo que ahora soy tiene los días contados, y que nada será lo mismo una vez que abandone para siempre mi piel, mis huesos, mis seres más queridos y al vecino de al lado… El fin de mis días en la Tierra parece que no puedo evitarlo, trato de asimilarlo, aunque como ya os he dicho en otra ocasión, liberarse de uno mismo no creo que sea nada malo. Para entender mi vida morir es necesario, no pretendo cumplir ciento setenta y siete años. Los miedos son inevitables y necesarios pero temer demasiado a la muerte, es vivir con miedo a la vida, y eso es inadmisible, me niego a aceptarlo. Y aunque la vida sea fugaz, como un brindis por la paz en el Congreso de los Diputados, pienso aprovechar cada momento, mientras pueda respirar seguiré luchando, soñando, amando…

Quiero volver a volar. Me desprendo de mi orgullo, mi sexo, mi odio, mi bondad, de mi bien y mi mal…. Quedan en el olvido las canciones de Jose Luis Perales, todas las interpretaciones sobre la Mona Lisa, mis multas de tráfico y las uñas de mis pies… Ya no siento las piernas como el compañero herido de Rambo, mi corazón deja de percibir el bello atardecer… Se borra de mi memoria todos los trenes que perdí, lo que no hice y tanto deseé, lo que soñé y no alcancé… Ya no recuerdo la sintonía de “Con ocho basta”, ni el nombre del abuelo de “Heidi”, ni la dirección de mi casa-taller de Almoster… Poco a poco olvido, con desahogo, toda la discografía de Bertín Osborne, los chistes que ahora nos cuenta Arévalo y la biografía de Leticia Sabater…

Ahora mi cuerpo yace en el suelo, el fin de mi vida es el principio de mi libertad, y aunque mis palabras parecen sacadas de un libro, esa es mi realidad y mi verdad. Aunque he de reconoceros que a veces pienso que soy un personaje de ficción, que mi vida es un cuento y que algún diablillo escritor se divierte creando mis pasos, mis palabras y mi pensamiento…

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Cuando acaben las guerras

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Diego Latorre. 2019. Tizas de pastel y Pierre Noire sobre papel. 40×40.

La vida del Hombre-caracola. LXII

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Como diría mi querido primo y maestro de la vida Miguel, todos estamos locos, unos más domesticados que otros. Pienso lo mismo que él, el mundo entero, el Congreso de los diputados, el Vaticano, el Palacio de la Zarzuela, los colegios, las casas de todas las gentes, el Pentágono…, son hospitales psiquiátricos. Al menos así lo parece, viendo como le va a la humanidad…, cualquiera que venga de otro planeta bien se percatará que hemos perdido la sensatez, el corazón y la cabeza. Quién no conoce a un amigo neurótico, o algún familiar que se medique para concebir el sueño,  o algún niño que espera su hora en el psicopedagogo, dejando atrás la ilusión y el juego… Quién no sabe de algún vecino que padezca de estrés, ansiedad, histeria, trastornos obsesivos compulsivos, esquizofrenia o complejos… Quién no ha visto a algún ser querido pasar por la consulta del Doctor Beltran, o en la farmacia comprando medicamento, como el que compra medio kilo de pimientos… La sociedad está enferma pero no por un desequilibrio psíquico, como el que sufro yo. Ha perdido la razón más bien por falta de amor y respeto, por la ambición, el racismo, las guerras, la insolidaridad…, no hace falta ser psicólogo o psiquiatra para verlo. Mis compañeros del Hospital Militar y yo íbamos a la nuestra, pasábamos de leyes, normas…, no conocíamos, ni por asomo, la palabra responsabilidad… Nos importaba bien poco la vida de los demás, es algo normal para los que sufren un trastorno mental, no es nada malo, estábamos en nuestro derecho. Lo que no es nada bueno es estar loco de atar y pretender gobernar la Tierra o un país, importándote una berenjena en vinagre tu propio pueblo, a no ser que sea para exprimirlo como a un limón para sacarle todo su jugo sin respetar sus derechos.

Cuando estuve ingresado en el hospital, pensaba que era el único cuerdo en el mundo, aunque nadie me comprendía. Estaba convencido que solo yo era el que razonaba, que mi lucidez era infinitamente mayor que la de cualquiera. En aquel pabellón psiquiátrico, mientras el mundo enfermaba, yo alcanzaba la luz más intensa, era como sentir en la piel el amor de todos los planetas, de todas las estrellas… Me enamoré profundamente del universo.