La vida del Hombre-caracola. LXII

Y-1

Como diría mi querido primo y maestro de la vida Miguel, todos estamos locos, unos más domesticados que otros. Pienso lo mismo que él, el mundo entero, el Congreso de los diputados, el Vaticano, el Palacio de la Zarzuela, los colegios, las casas de todas las gentes, el Pentágono…, son hospitales psiquiátricos. Al menos así lo parece, viendo como le va a la humanidad…, cualquiera que venga de otro planeta bien se percatará que hemos perdido la sensatez, el corazón y la cabeza. Quién no conoce a un amigo neurótico, o algún familiar que se medique para concebir el sueño,  o algún niño que espera su hora en el psicopedagogo, dejando atrás la ilusión y el juego… Quién no sabe de algún vecino que padezca de estrés, ansiedad, histeria, trastornos obsesivos compulsivos, esquizofrenia o complejos… Quién no ha visto a algún ser querido pasar por la consulta del Doctor Beltran, o en la farmacia comprando medicamento, como el que compra medio kilo de pimientos… La sociedad está enferma pero no por un desequilibrio psíquico, como el que sufro yo. Ha perdido la razón más bien por falta de amor y respeto, por la ambición, el racismo, las guerras, la insolidaridad…, no hace falta ser psicólogo o psiquiatra para verlo. Mis compañeros del Hospital Militar y yo íbamos a la nuestra, pasábamos de leyes, normas…, no conocíamos, ni por asomo, la palabra responsabilidad… Nos importaba bien poco la vida de los demás, es algo normal para los que sufren un trastorno mental, no es nada malo, estábamos en nuestro derecho. Lo que no es nada bueno es estar loco de atar y pretender gobernar la Tierra o un país, importándote una berenjena en vinagre tu propio pueblo, a no ser que sea para exprimirlo como a un limón para sacarle todo su jugo sin respetar sus derechos.

Cuando estuve ingresado en el hospital, pensaba que era el único cuerdo en el mundo, aunque nadie me comprendía. Estaba convencido que solo yo era el que razonaba, que mi lucidez era infinitamente mayor que la de cualquiera. En aquel pabellón psiquiátrico, mientras el mundo enfermaba, yo alcanzaba la luz más intensa, era como sentir en la piel el amor de todos los planetas, de todas las estrellas… Me enamoré profundamente del universo.

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