La vida de Hombre-Caracola. LXXIV.

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Que fascinante es el mundo cuando descubres que la luna habla. También lo hace la Tierra, claro, el mar y las montañas, las rocas, las flores, incluso las de las aceras… Aprendí a escuchar la luna en mi silencio, pongo mucha atención, si no, no me entero de ninguna información. Siempre es ella la que habla, siento su voz en mi universo interior, y aunque nunca lo hace con palabras, la entiendo a la perfección, lo saben los curiosos planetas de alrededor.

La luna esta noche goza de su máximo esplendor, irradia con enorme energía sus influencias hacia todas las direcciones del universo, hasta llegar a nuestro planeta. No se escapa de ella ni el portero de la discoteca, ni la vecina ciclista del ático, ni los miserables que venden las malditas metralletas…

El poder y la magia de la luna nos afecta, entra dentro de nuestra naturaleza, puede alterar nuestras vidas al igual que lo hace con las mareas, mientras compramos las acelgas o compartimos con un amigo inmigrante una buena jarra de cerveza.

La luna llora de tristeza porque bien sabe que andamos por el camino equivocado, es consciente que no nos amamos ni respetamos a la naturaleza, que la humanidad está mucho más desequilibrada que un bipolar sin litio ni Ziprexa. Ella es consciente que el único camino es el amor, piensa que deberíamos tomar ejemplo de las estrellas, ellas no se medican ni tienen visita con el Doctor Beltrán, no conocen la ansiedad, la depresión, el estrés ni las camisas de fuerza…, eso es cosa nuestra.

La luna se siente abandonada, pocos la observan y prácticamente ninguno la escucha, estamos tan atareados con nuestros problemas…, que no tenemos tiempo ni para cantar en la ducha. Ella tiene celos de Facebook, Instagram, la televisión y los blogs de cocina Turca… Aunque no pierde las esperanzas, sabe que no nos quedará otra, que algún día miraremos al cielo para pedir ayuda.

Adolf no escucha su voz interior, no tiene disponible ni un segundo para la Luna, su odio, rencor y venganza le impide disfrutar de ella, de su grandeza. Él no cumple la ley del universo, amar es nuestra única misión, sufre porque no alcanza su objetivo, porque no conoce el respeto, los abrazos, los besos ni el perdón.

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