La vida de Hombre-Caracola. LXXIX

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El arte es mi vida, querida humanidad, no puedo pasar ni un solo día sin crear, cuando no lo hago me siento malhumorado, me invade la tristeza…, nací así de especial, por eso no suelo abandonar mis lápices y mis colores, ni tan siquiera en días festivos, ni por Navidad… Ruego a los espíritus de los cuatro vientos cada noche, que nada ni nadie me impida crear y soñar, que ningún ser de la Tierra me niegue mi libertad, sería un mal para mí y también para la humanidad. Y no es que vaya a matar a nadie si me arrebatan mis tizas de pastel y mis Pierre Noire, pero sí voy a ser más infeliz, y eso bien sabéis que puede afectar a la sociedad. No voy a ser yo quien propague el virus de la infelicidad.

Siempre he creado como he querido, lo hago todo a mi manera, supongo que como muchos creadores y creadoras lo harán. No sigo las últimas tendencias del arte, aunque por supuesto, entiendo a los artistas que las siguen, para sentirse integrado en ese mundo es lo más correcto. Cuando creo busco la belleza y ante todo trato de sorprenderme y divertirme. Y por supuesto, me dirijo a toda a la humanidad, desde el campesino sin estudios, al intelectual…, necesito que todos entiendan mi mensaje. Así lo hago desde que era niño y creo que nunca voy a cambiar. Cuando era joven aprendiz de pintor, estaba convencido que pintando podía alterar los hechos de la realidad, que con unas pinceladas el mundo podía mejorar, así que hasta ahora no he dejado de pintar. Esa lucha da sentido a mi vida.

No he hallado nada más gratificante que mis momentos creativos, excepto los besos que Mujer-Caracola me da, claro está. No vendo ni unos huevos fritos con chorizo, aunque la venta nunca fue la finalidad, bien lo saben las estrellas, aunque me siento muy recompensado por el arte. Sé que vivo en otro mundo mientras practico mi oficio, quizás sea porque no me gusta la realidad, así que me invento otra, y allí, querida humanidad, soy tan libre como el águila imperial.

Son las cuatro y media de la madrugada, se me ha hecho tarde. Apago las luces del taller, cierro la puerta y bajo las escaleras hasta el distribuidor. Juego con Chancho y con Frida un rato y entro a la habitación. Seguidamente beso a la musa dormida y me dirijo al otro lado del colchón. Me autoanalizo en media hora, planifico en mi mente mi próxima creación…, y finalmente, ingiero a través del orificio de mi caracola la mágica poción.

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