La vida de Hombre-Caracola. LXXXVIII.

Tengo la capacidad de hablar con la naturaleza; con el viento, las tormentas, las plantas, los árboles, las rocas y los animales, desde el caballo al cienpiés… Sí, sé que resulta extraño pero esa es mi condición de ser, desde que dejé de ser Diego Latorre Roldán y tengo una concha hueca de caracola por cabeza, desde que desapareció mi cerebro, mis ojos, mi nariz y mi boca.., bien lo podéis creer. Y si quisiera volver a ser lo que era, ya no tengo nada que hacer.

Yo también soy la naturaleza aunque para muchos resulte difícil de entender. No soy ni más ni menos que un berberecho del Delta, que un mono de Tailandia, que las rocas, los sauces, las briznas de hierba o una hoja de laurel…

El sol calienta con la misma intensidad a las piedras, los bosques, las larvas de las mariposas, los rinocerontes y a mi primo Miguel…. Y la luna, emite sus influencias sin preferencias, a la vecina del ático, a la mosca de la tele, a la flor de las aceras y a los rovellones del Pirineo aragonés… Por no hablar del universo, él no hace distinciones entre la naturaleza de la Tierra, Saturno, Marte o Kepler-22b… Todo eso me lleva a la conclusión que todo lo que pertenezca a la existencia forma parte de una misma pieza o de un mismo ser. Sí, queridas amigas y amigos, ¡es maravilloso!, ¡todos somos lo mismo!, desde un grano de arena de la playa a una estrella…, desde Pepi, la churrera de la esquina, a mi amigo Abdul de Marrakech…, aunque entiendo que muchos no lo podáis comprender. Quizás solo lo puedan entender los chamanes, o todo aquel o aquella que vea más allá de lo que a simple vista se ve.

Sí, querida humanidad, poca diferencia hay entre los humanos, solo que algunos tienen la nariz o las orejas más grandes, el trasero más ancho o diferente color de piel… Pero todos mastican, beben y sueltan sus caquitas del mismo modo…, todos sienten de la misma manera el amor, el odio, el dolor o el placer… Muy pocas diferencias hay entre un alemán, un español, un italiano, un sirio o un senegalés… La vida es justa, nos trata a todos por igual, creedme, son las leyes de los hombres las que con urgencia debemos cambiar. Las mismas leyes que crean la desigualdad, las guerras, el hambre y la sed…, las mismas que permiten que luchemos entre hermanos y tiñen de sangre la blanca bandera y la paloma de Picasso con su laurel.

El poder de los hombres solo sirve para para crear desgracias, parece que con eso no hay nada que hacer, aunque bien sé que el amor es el máximo poder. Para vivir en paz, bastaría con darnos cuenta que todos somos como un chorizo de Cantinpalos embutido en la misma piel.

Mientras reflexiono y trato de aclarar mis ideas en la naturaleza, entre animales y plantas, Oriol, el joven violinista de Hospitalet, del cuarto segunda número diez, trata de cautivar con su música a la vecindad. Y aunque más de un vecino le ha mandado callar, Oriol no puede dejar de tocar, su música es su agua y su pan. Espero que la humanidad algún día se dé cuenta que el arte para los humanos es una necesidad.

Sí, querida humanidad, el arte es tan fascinante…, y nos une, en parte porque es un lenguaje universal. La Macarena, el Son de Compay o las canciones del verano de Georgie Dann, por ejemplo, nos hacen mover el culito a todos por igual, ya seas de Manresa, de Burgos, del Congo o de Gibraltar…

Os lo digo de corazón, el arte solo trae cositas buenas, no mata, nos alegra y mejora nuestras vidas…, y puede cambiar el mundo, cómo no. No lo dudéis ni un segundo, cambiad el odio por unas buenas maracas, las pistolas por pinceles, las balas por teclas de piano y el sonido macabro de los misiles por un Do, un Si bemol o un Re… Cambiad también las heridas por versos de poetas y los gritos de los niños por películas de amor o ciencia ficción… Os doy mi palabra que de esa manera el mundo será mucho mejor, dónde va a parar…, pasaríamos del blanco y negro al color.

Y al mismo tiempo, mientras el joven músico afina su violín, Marta, su vecina del tercero primera se compra un Iphone de última generación, está tan contenta… Mientras José Andrés, un anciano que sufre una enfermedad mental, en la misma Rambla de Barcelona se refugia entre sus cartones en el cajero del Banco de Sabadell. Hoy ha sido un día malo para él, solo ha conseguido noventa céntimos de caridad en todo el día, con eso no le ha llegado ni para el café. Por la Rambla pasean miles de personas pero la gran mayoría no le ha querido ni ver.

LA VIDA DE HOMBRE-CARACOLA. LXXXVII

No soy el hijo de ningún Dios, no soy el mesías de los cristianos tan esperado, al pobre hombre le dieron la vida eterna y eso debe ser muy aburrido y cansado. Yo quiero morir y ser enterrado, deseo la mortalidad de los humanos, más que nada porque lo del cielo no lo tengo muy claro, prefiero convertirme en ceniza o en barro. Por suerte tampoco soy Barrabás, a nadie he robado ni matado, trato de respetar a los demás y si puedo les ayudo en algo. Aunque tampoco soy ningún santo, no quiero que nadie me rece, nunca me gustaron ni los cirios ni las velas, que se las pongan a Santa Rita o a San Pancracio. Tampoco soy ningún cura ni trato de daros ningún sermón, mis palabras son consejos de amigo y a nadie impongo ni a nadie engaño. Soy el hijo de Francisco Latorre, un humilde y honrado trabajador que dio la vida por su familia, trabajando como un mulo en los trabajos más cansados, sus manos siempre estaban repletas de cayos. Él me enseñó que en esta vida todo hay que ganárselo, con esfuerzo y trabajo. De nada sirve el éxito ni las riquezas si para ello te aprovechas del sudor del vecino de al lado o de los más necesitados.
Sigo sembrando las tierras con semillas de amor y esperanzas, como bien sabéis, deseo con locura un mundo mejor, por eso trabajo tanto. No espero ningún rayo de luz que a todos os ilumine, no creo en milagros, el futuro entre todos hemos de crearlo. Y es bien sencillo, se trata de plantar, regar y cosechar, creo yo que no es tan complicado. Aunque comprendo que muchos no creáis en un futuro mejor, sé que os parece imposible, en Facebook dicen que no hay solución y lo afirman en la televisión y en los diarios, entiendo que os sintáis resignados.
Sí, amigas y amigos, es tan fácil cambiar el mundo…, aunque para ello antes deberíais cambiar el vuestro, claro. Ante todo deberíais amaros a vosotros mismos y a los vuestros, no me canso de explicarlo. Como ya he os he comentado alguna vez, si en vuestras casas se respira amor, lo habrá en las calles, las ciudades y en los países…, y me atrevería a decir, que el universo también recibiría algo. Si hay paz en el hogar es muy complicado que vuestros hijos salgan dictadores, cuando uno planta tomates no cosecha rábanos, mi padre tenía huerto y eso me quedó siempre claro.
El futuro de la humanidad son vuestros hijos, ellos son vuestras semillas, no deberíais preocuparos demasiado por que tengan una buena carrera, cinco masters y dominen a la perfección la gaita escocesa o el piano… No os empeñéis en que sean personas muy respetadas en sus empresas, el amor no entiende de jerarquías, nadie está por encima ni por debajo… Es más importante que a vuestros hijos, cuando sus amigos les vean, se alegren y les surja una sonrisa en los labios, ese debería ser vuestro trabajo. Se trata de crear personas con calidad humana, que entiendan de bondad, solidaridad, respeto y amabilidad…, para eso no hace falta estar diplomado. Sois los únicos responsables de vuestros pequeños, lo dejo en vuestras manos.

Mientras sueño en el universo, a tropecientos mil años luz de distancia de nuestro planeta, mi vida en la Tierra pasa sin prisa y sin pausa, como hoja de sauce llorón por el Pisuerga. Almoster duerme a pata suelta, se escuchan los ronquidos y las ventosidades que, esporádicamente emite el vecino de al lado en el silencio de la noche, mientras su esposa trata de ahogarle la fiesta. Chancho y Frida vigilan la calle Mayor desde el balcón, y sobre la cama de nuestra habitación, Mujer-Caracola descansa del duro día de trabajo, sufro tanto por ella… La luna manda sobre las estrellas, son las cuatro y media. Apago las luces del taller, cierro la puerta y me dirijo a la terraza para desearle una vez más las buenas noches a la humanidad. Creo un ritual, le pido a los espíritus mis deseos y bajo las escaleras. Llamo a mis pequeños felinos y juego, como uno gato más, con la entrañable peluda pareja. Entro a la habitación, beso a la musa dormida y caigo abatido por el cansancio en el colchón, hoy he tenido mucha faena. Me olvido de la realidad durante un tiempo, dejo mi vida en manos de Morfeo, hasta que suene el despertador, claro, sobre las once y media.