LA VIDA DE HOMBRE-CARACOLA. LXXXVII

No soy el hijo de ningún Dios, no soy el mesías de los cristianos tan esperado, al pobre hombre le dieron la vida eterna y eso debe ser muy aburrido y cansado. Yo quiero morir y ser enterrado, deseo la mortalidad de los humanos, más que nada porque lo del cielo no lo tengo muy claro, prefiero convertirme en ceniza o en barro. Por suerte tampoco soy Barrabás, a nadie he robado ni matado, trato de respetar a los demás y si puedo les ayudo en algo. Aunque tampoco soy ningún santo, no quiero que nadie me rece, nunca me gustaron ni los cirios ni las velas, que se las pongan a Santa Rita o a San Pancracio. Tampoco soy ningún cura ni trato de daros ningún sermón, mis palabras son consejos de amigo y a nadie impongo ni a nadie engaño. Soy el hijo de Francisco Latorre, un humilde y honrado trabajador que dio la vida por su familia, trabajando como un mulo en los trabajos más cansados, sus manos siempre estaban repletas de cayos. Él me enseñó que en esta vida todo hay que ganárselo, con esfuerzo y trabajo. De nada sirve el éxito ni las riquezas si para ello te aprovechas del sudor del vecino de al lado o de los más necesitados.
Sigo sembrando las tierras con semillas de amor y esperanzas, como bien sabéis, deseo con locura un mundo mejor, por eso trabajo tanto. No espero ningún rayo de luz que a todos os ilumine, no creo en milagros, el futuro entre todos hemos de crearlo. Y es bien sencillo, se trata de plantar, regar y cosechar, creo yo que no es tan complicado. Aunque comprendo que muchos no creáis en un futuro mejor, sé que os parece imposible, en Facebook dicen que no hay solución y lo afirman en la televisión y en los diarios, entiendo que os sintáis resignados.
Sí, amigas y amigos, es tan fácil cambiar el mundo…, aunque para ello antes deberíais cambiar el vuestro, claro. Ante todo deberíais amaros a vosotros mismos y a los vuestros, no me canso de explicarlo. Como ya he os he comentado alguna vez, si en vuestras casas se respira amor, lo habrá en las calles, las ciudades y en los países…, y me atrevería a decir, que el universo también recibiría algo. Si hay paz en el hogar es muy complicado que vuestros hijos salgan dictadores, cuando uno planta tomates no cosecha rábanos, mi padre tenía huerto y eso me quedó siempre claro.
El futuro de la humanidad son vuestros hijos, ellos son vuestras semillas, no deberíais preocuparos demasiado por que tengan una buena carrera, cinco masters y dominen a la perfección la gaita escocesa o el piano… No os empeñéis en que sean personas muy respetadas en sus empresas, el amor no entiende de jerarquías, nadie está por encima ni por debajo… Es más importante que a vuestros hijos, cuando sus amigos les vean, se alegren y les surja una sonrisa en los labios, ese debería ser vuestro trabajo. Se trata de crear personas con calidad humana, que entiendan de bondad, solidaridad, respeto y amabilidad…, para eso no hace falta estar diplomado. Sois los únicos responsables de vuestros pequeños, lo dejo en vuestras manos.

Mientras sueño en el universo, a tropecientos mil años luz de distancia de nuestro planeta, mi vida en la Tierra pasa sin prisa y sin pausa, como hoja de sauce llorón por el Pisuerga. Almoster duerme a pata suelta, se escuchan los ronquidos y las ventosidades que, esporádicamente emite el vecino de al lado en el silencio de la noche, mientras su esposa trata de ahogarle la fiesta. Chancho y Frida vigilan la calle Mayor desde el balcón, y sobre la cama de nuestra habitación, Mujer-Caracola descansa del duro día de trabajo, sufro tanto por ella… La luna manda sobre las estrellas, son las cuatro y media. Apago las luces del taller, cierro la puerta y me dirijo a la terraza para desearle una vez más las buenas noches a la humanidad. Creo un ritual, le pido a los espíritus mis deseos y bajo las escaleras. Llamo a mis pequeños felinos y juego, como uno gato más, con la entrañable peluda pareja. Entro a la habitación, beso a la musa dormida y caigo abatido por el cansancio en el colchón, hoy he tenido mucha faena. Me olvido de la realidad durante un tiempo, dejo mi vida en manos de Morfeo, hasta que suene el despertador, claro, sobre las once y media.

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