HOMBRE-CARACOLA EN LA ISLA DEL CORAZÓN MÁGICO. CAPÍTULO III.

HOMBRE-CARACOLA EN LA ISLA DEL CORAZÓN MÁGICO.

Capítulo III

EL GUARDIÁN DE LOS SUEÑOS Y LA REINA DE LA NATURALEZA.

Nos levantamos cansados y con agujetas, la danza de la noche fue necesaria pero el cuerpo ya no es lo que era y por mucho que seamos niños de corazón, no lo somos tanto de rodillas ni de caderas… Sabemos que no hay nada eterno pero vivimos como si nuestra existencia no tuviera fin, aunque tenemos claro que después del último atardecer no subiremos a los cielos ni nada de eso. Por eso el tiempo es un tesoro para nosotros, saboreamos cada instante, cada abrazo, cada beso…

Salimos a inspeccionar la zona acompañados de un agradable sol que alegra nuestras almas. Y al cabo de veinte minutos de no ver nada extraño por los alrededores, aparecen entre la vegetación un gato de unos cinco meses con manchas negras y blancas y una gata de unos dos años con manchas grises y blancas. Nos están observando. Y al cabo de un rato el más pequeño se nos acerca y se nos presenta. Me habla a mí a través de mis pensamientos, cosa que poco me extraña después de todo lo irracional que me ha pasado en estos últimos años. Se llama Merlín y su madre que le acompaña se llama Mixeta, ella es la Reina de la naturaleza y él es el Guardián de los sueños, según cuenta el pequeño. Nacieron en La Isla del Corazón Mágico, por lo visto así se llama este bello paraje. Le entiendo tan claro como el agua y ahora estoy convencido del todo que por estos mundos de Dios la magia está más que asegurada.
El gatito me cuenta que nosotros somos los únicos humanos que hay en la isla y que solo se puede acceder aquí a través del mundo de los sueños, y que una vez entras, la isla desaparece del mapa y vives solamente en el reino de la imaginación. Me confiesa que el mundo sigue igual, que somos nosotros los que ahora vivimos apartados de la realidad. Dice que nosotros soñamos con el corazón encontrar un lugar donde vivir en paz, donde reine la madre naturaleza, lejos de la destrucción… Y que soñando como lo hicimos accedimos a la isla y se cumplieron nuestros sueños.
Todo resulta tan extraño, inquietante y mágico a la vez… Escucho maravillado todo lo que me desvela Merlín mientras Mixeta no dice nada, tan solo presiento su presencia.
A pesar de la alegría y la suerte por encontrar nuestro paraíso, me preocupa la humanidad y mi deseo es ayudarla en lo que humildemente pueda. Y además me pregunto qué pensarán de nosotros nuestros seres queridos, quizás creen que hemos muerto o desaparecido para siempre.
Me gustaría saber si hay alguna manera de acceder a la realidad para no perder el contacto con los humanos, así que me decido a preguntárselo al Guardián de los sueños. Y antes de acabar mi pregunta, con ganas de no hacer muchos amigos, me corta la palabra y me dice el lindo gatito que él no piensa contestar a nada, que todas las respuestas las puedo hallar en la naturaleza o me las puede ofrecer su madre, que es la reina. Al instante ríe y me advierte que Mixeta, la flora y toda la fauna solo responden con el silencio y de nuevo vuelve a reír como un niño travieso. Me aconseja que no me fie nunca de las palabras, ni tan siquiera de las mías y que aprenda a descifrar la verdad de las briznas de hierba, la del susurro de las chumberas, la del canto de los ruiseñores o la del zumbido de las abejas… Me sugiere que si quiero escucharle otra vez debería hacerle una ofrenda, y luego tajantemente me dice que por hoy no piensa decirme nada más.

Los misteriosos gatos han desaparecido entre los arbustos y ahora nuestras vidas navegan en un mar de dudas perdidas en la incertidumbre. Ya no sabemos si el Guardián de los sueños nos ha revelado la verdad, él mismo me ha dicho que no creamos en las palabras. Dudamos de todo, no sabemos ciertamente si vivimos en la realidad o en nuestros sueños.

La noche se acerca y hemos regresado a la casa donde Chancho y Frida nos esperan con ganas de mimos. No hay nada más puro que el amor incondicional de los animales, son nuestros maestros. El camino a la sabiduría es el amor y ellos tienen mucho que enseñarnos, son nuestro ejemplo.

Encendemos la hoguera, trabo la puerta de entrada, me cuelgo del cuello los amuletos de plumas de chova piquigualda y esqueletos de rana y a pesar de todos los problemas, damos las gracias a los espíritus danzando como niños cerca del fuego, sin darle importancia al dolor de nuestros huesos.

El universo gira entorno a nosotros, las estrellas siguen iluminando, al menos ellas no han desaparecido, eso nos da aliento. Nuestras vidas no son una mentira, sentimos alegrías, tristezas, el sol…, y sobre todo amor, del que bien sabemos que es tan real como los cuatro elementos.

HOMBRE-CARACOLA.

HOMBRE-CARACOLA EN LA ISLA DEL CORAZÓN MÁGICO. CAPÍTULO II

HOMBRE-CARACOLA EN LA ISLA DEL CORAZÓN MÁGICO.

Capítulo II

LA CASA DE LA ISLA DEL CORAZÓN MÁGICO.

Nos levantamos con los primeros rayos de sol que invadieron la entrada de la cueva donde hemos dormido. Afuera hace un día soleado, el cielo está despejado y se escucha todo tipo de cantos de pajaritos… Todo parece idílico pero creemos que tenemos un grave problema. Mujer-Caracola le ha echado la vista al horizonte buscando el lugar de donde partimos, pero solo ha podido apreciar el agua del lago, que ahora le parece un océano. Sorprendidos e inquietados, no dejamos de darle vueltas a lo que está pasando pero no encontramos ninguna explicación razonable.

Hemos tardado unas tres horas en alcanzar con apuros una cima de la isla, para tratar de divisar tierra desde más flancos. Pero los valiosos ojos de mi compañera tan solo siguen apreciando agua allá donde miran. Parece como si el mundo hubiera desaparecido a excepción de la misteriosa isla y nosotros.

El cansancio y la noche que acecha nos obliga a buscar un lugar donde refugiarnos. Seguimos un pequeño sendero que bordea la parte más alta de la montaña. Y al cabo de media hora, hemos topado con una casa situada en todo lo alto de la isla en un bosque de encinas y pinos. Según me cuenta Mujer-caracola, parece una casa abandonada. Saltamos de alegría. Hay un trozo de muro en la entrada del recinto y en él hay anclado un corazón de hierro oxidado por el tiempo, que contiene una espiral dibujada con el vaciado del metal. No hay ninguna valla ni puerta que nos impida adentrarnos en aquel bello lugar.
El jardín está cubierto de pinaza y en él hay una mesa de obra donde en el sobre, algún o alguna artista, había creado un bello trencadís. Y en el centro de este hay dibujada una paloma con trozos de azulejos blancos, dedujimos que era la de la paz. La cornisa de la fachada está deteriorada, el resto es de ladrillo visto y cemento. La casa es consistente. El tejado requiere de un buen arreglo y a la mayoría de persianas les hace falta un milagro para que funcionen. La puerta medio rota de la casa está abierta y nadie hay por los alrededores, ni ningún alma nos contesta, así que nos decidimos a entrar en la casa.
Es una edificación de principios de los ochenta, conozco bien los interruptores Simon de esa época, para algo me sirvieron los años que trabajé como electricista en Salou. Aunque la casa no tiene luz ni agua corriente. Tampoco hay muebles, ni tan siquiera una triste silla, aunque comparada con nuestra cabaña esto un palacio. Hay un fuego a tierra que nos vendrá de perlas, ya que aquí hace más frío que en la costa, así que luego iré a buscar leña. En la buhardilla tan solo hay un póster del Guernica que estaba enrollado, tirado en el suelo y lleno de polvo. Es del año 1981 y lo daba La Caixa de Pensions a sus clientes, por entonces se celebraba el cien aniversario del nacimiento de Pablo Picasso. Yo tenía uno igual cuando era niño. Me ha traído tan buenos recuerdos esa imagen… Recuerdo que ese año participé en un concurso infantil del colegio que se hizo para conmemorar al genio. Disfruté mucho creando mi versión del Guernica a lápiz, aunque tenía diez años y no sabía ni tan siquiera lo que significaba las figuras ni de lo que iba el tema tan cruel. Yo me dediqué a copiar al Maestro y a perderme entre las líneas y las formas…, disfrutaba del sonido de mis lápices sobre el papel. Me enamoré de mi dibujo pero más enamorado estaba de mi profesora Maria Dolors Benet, que fue quien me lo pidió cuando acabó el concurso. Así que se lo regalé sin pedir nada a cambio, a pesar de que yo deseaba aquel trabajo con todas mis ganas. Cosas del puro amor de los niños.

Después de disfrutar un buen rato con mis recuerdos, entre el toro y el caballo picassiano, he salido al bosque a coger leña para calentarnos. También he recogido hojas y briznas de hierba con la intención de construir un lecho donde dormir. El sol se está despidiendo y la oscuridad poco a poco se va adueñando de todos y cada uno de los rincones. El viento entra sin ningún permiso por la puerta y las ventanas rotas apoderándose de nuestros huesos. Enciendo la hoguera, nos situamos frente al fuego y nos recomponemos. Damos gracias a la vida por seguir vivos a pesar de nuestros problemas y danzamos hasta acabar rendidos. Nos acomodamos en aquella humilde cama y acariciamos a Chancho y a Frida que estaban algo nerviosos, a tantos cambios no están acostumbrados. Luego nos abrazamos, y al besarnos…, automáticamente nos dormimos como un lirón, los cuerpos no dan para nada más. Y además, si necesitáis emociones fuertes buscadlas en otro cuento, yo me dirijo también a los niños, y no pienso contar mis intimidades, faltaría más.

La luna brilla más que nunca, los astros nos son favorables, nos sentimos protegidos por nuestros antepasados que habitan en nuestros corazones… Y seguimos vivitos y coleando, eso es lo que realmente importa.

HOMBRE-CARACOLA.